© Foto: Héctor Torra

“Sé de buena tinta que hay gente que visita una exposición y se encuentra delante de un cuadro que ni comprende ni siente curiosidad por comprender, y entonces piensa: lo miro diez segundos más y paso al siguiente. Se pone la mano en la barbilla, se acerca un poco. Sin título. Se aleja. Y finalmente pasa al siguiente cruzando los dedos. Otros sienten curiosidad, pero no han conseguido que nadie les explique con claridad qué es eso tan extraordinario que tiene que pasar cuando uno mira un Rothko, o por qué aquella escultura de Giacometti costó semejante bola de billetes. Algunos sudan en frío cuando les dicen: ‘Éste es el artista’. No saben si besarle las alhajas, genuflexionarse, o qué. Si les sale un halago sincero, en plan ‘oye, muy bueno lo tuyo’, o ‘eres un máquina’, es posible que durante el camino de vuelta a casa vayan arañándose las mejillas, pensando que lo que han dicho es superplebeyo, que la A de Arte va en mayúscula para entorpecer el acceso a los ignorantes.

Dice Bea que si el arte intimida es que se ha malinterpretado el modo de empleo. Es imposible generalizar en esta cuestión, pero los artistas de las últimas generaciones suelen ser gente inquieta, versátil y muy abierta de mente. No han aprendido el oficio metidos en una campana de cristal: como cualquiera de nosotros, han merendado con dibujos animados japoneses y desfasado en festivales de música, y aunque hayan estudiado a los maestros también han visto un montón de tonterías en Google y llevan experiencias sobre la piel que influyen y condicionan su obra. Cuando trabajan utilizan batas cochambrosas, zapatillas de deporte al borde del siniestro total o gafas de seguridad que han comprado en cualquier ferretería. No siempre tiran de pincel fino, de hecho no siempre tiran de las herramientas convencionales, y se ensucian. Se ensucian mucho. Maltratan los soportes. Algunos los pisan. Otros interactúan con su obra de forma menos violenta, más técnica o más intelectual, pero el proceso siempre implica conflicto y entusiasmo. El resultado no siempre les convence, y nunca, pero nunca, les deja completamente satisfechos. Como son humanos (y quizás esta es una generalización menos arriesgada), les gusta que los animen y les digan cosas bonitas sobre su trabajo porque no siempre las tienen todas consigo.

Bea y Dani conocen a un montón de artistas. Los han seguido hasta sus refugios y han sido testigos del funcionamiento de sus microcosmos particulares. Les apasiona hablar con ellos y de ellos, estar en su compañía y tener sus obras alrededor, por todas partes, en la pared o en el suelo, y por eso han creado un espacio donde compartir esta experiencia. El arte es un medio extraordinario porque genera vectores entre la gente, provoca debates y alimenta el espíritu. Por mucho que yo lo intente, Bea me lo explicó a mí mucho mejor de lo que yo podría explicarlo en doscientas páginas, porque ella no tiene problemas para utilizar la palabra guay cuando conviene. Está convencida de que el aficionado al arte debería percibir todo esto y sentir por encima de todo el gusto y la curiosidad por escuchar y preguntar y volver otro día a ver qué más tienen estos chicos. Cada vez que me escribe un e-mail termina diciendo que ella no sabe escribir y no se explica bien, pero mirad a ver si entendéis esto:

En resumen, que yo, que me siento afortunada de poder tratar de tú a tú a la futura historia del arte (los de los museos, sí…), poder hacer sentir así de afortunados a todos los que un día decidan poner un pie en nuestra galería. Y que ésos a su vez hablen, digan lo guay que es que alguien, por fin, te cuente las cosas del arte como algo normal, que cuenten que existe un sitio en Gijón donde puedes decir tranquilamente eso tan famoso de “yo no sé de arte” porque los chicos que trabajan allí te van a contar todo lo que sepan para que, la siguiente vez que vayas, ya sepas un poquito más, y así todas y cada una de las veces.

No me digáis que el guay no viene a cuento aquí.

Conozco a Bea y Dani porque los he sufrido durante muchas jornadas laborales entre lienzos y bronces. Ellos estaban mucho antes que yo. Son testarudos e incansables. Son únicos. Yo, que soy un escéptico y a menudo un poco intransigente en las relaciones sociales, he aprendido muchísimo de ellos y me he reído como un loco y no he podido resistirme a quererlos y respetarlos. Es emocionante verlos dar un paso al frente y asumir la responsabilidad de hacer las cosas a su manera, con un espíritu abierto y dialogante, sin discursos intimidatorios ni pretensiones de que nadie comulgue con ruedas de molino. Sólo el arte y las personas que hacen posible el arte, a uno y otro lado de la creación, porque eso es lo guay“.

 

/ Alejandro Basteiro

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